Su juego y el nuestro

Por Hamdi Hamoudi

Escritor del Sáhara Occidental

El juego de ajedrez es considerado como uno de los juegos que representan los sistemas monárquicos en los últimos siglos. En este juego, el campo de juego carece de importancia, aunque se juegue sobre la tierra y ésta es el terreno de batalla, el territorio carece de importancia en el juego.

El creador del juego, le regaló al rey, el regalo más grande y que consiste en confundir a todos, puesto que, con la muerte de una sola pieza, el Rey, se acaba el juego. Es como si quisiera decir que, para que el juego de la vida siga su curso, debemos defender al rey. El creador del juego no explica que la pieza del rey no es más que un trozo de la misma materia prima y del mismo metal y que sus imágenes, adornos, prebendas y defensas por torres, alfiles, caballos, es una confusión que encierra una verdad: vivimos sobre la tierra y es a la tierra a quien debemos defender, no a él. Sin embargo, el creador del juego, no pudo hacerlo de distintos metales, puesto que la sangre de los reyes era azul, y no roja, como se decía.

Los poderes que, el creador del juego, confirió a la pieza del rey, consisten en un movimiento simple: una solo paso, pero en todas las direcciones posibles. Otra falacia para justificar el miedo del rey, para evitar su participación directa en la batalla, justificándolo por sus poderes limitados y que, a él no le interesa ni entra en los detalles, y que su larga mano es tan corta como el común de los mortales (los peones).

Pero las prerrogativas del rey le han sido reservadas bajo el manto de la familia real, puesto que la reina, cuyo nombre deriva del de él, no es más que la prolongación de la autoridad real y sus competencias no conocen límites.
El resto, como los alfiles y quienes posan en la misma fila que el rey, representan a las capas sociales beneficiadas y que, para conservar su posición social, tienen unas funciones predeterminadas. Sus movimientos son oblicuos, rectos o en forma de quiebros y revelan sus funciones. Así, las torres, con su movimiento en línea recta, representan claramente, el aspecto militar; el alfil, con su movimiento inclinado, que no es recto, revela que se trata de la política oficial. Por su parte, el caballo, con sus quiebros parece representar a los encargados de las misiones especiales, pues la forma del salar del caballo se ajusta a lo que, hoy, conocemos como la quinta columna.

Y llegamos al peón, que es la mayoría del pueblo, que representa a la víctima. Viven marginados, se les mira con desdén, puesto que los reyes han sido magnificados y, los peones, rebajados. No tienen prebendas y, aunque el creador del juego, los iguala en número a los demás, esa igualdad persigue empequeñecer y marginar a los pueblos. Detrás de esta visión monárquica, se esconde el objetivo de perseguir su muerte temprana por la marginación y el ninguneo.

Cuando proyectamos esta visión sobre las monarquías, observamos que se mantiene intacta. Y aunque hay diferentes denominaciones, en la mayoría de las monarquías, en algunas de ellas, han ido, incluso, más allá de lo que el propio creador de ajedrez se había imaginado.

Sin embargo nosotros, la gente del Sahara, tenemos nuestro propio juego. Voy a tratar de describir el juego intelectual del Sahara: “la dama de las cuarenta piezas”.
El juego es diferente en términos de principios y sistema de juego. Las piezas se colocan sobre la arena y el campo de batalla es el terreno. Las cuarenta piezas representan a los habitantes, donde no hay títulos, ni príncipes, ni reyes. Todas las personas son iguales y el juego no termina hasta la muerte del último luchador. Todo el mundo está al servicio de la tierra.

La pieza que consigue penetrar en terreno enemigo, alcanzando la última línea enemiga, se le hace un reconocimiento especial. Por ese buen trabajo, culmen de la valentía y la creatividad, se le denomina “La Dómina” y se le otorgan competencias que casi alcanzan a las de los genios, pues desde que pisa esa última línea enemiga, ya puede avanzar y maniobrar, en todas las direcciones, hacia delante, hacia atrás y sin límite de casillas, dentro de los límites del terreno de juego. Es un reconocimiento, por parte del creador de este juego, a los méritos, a la capacidad y a la valentía.

Pero estas capacidades no hacen que la defensa de “La Dómina” sea algo obligatorio en el juego. De hecho puede morir, pero el juego no termina, es sólo una pérdida muy severa.

Cualquier analista de ambos juegos observaría la diferencia radical en la percepción y el pensamiento de los dos juegos.

Y así, en la sociedad saharaui, se sigue entendiendo que las personas son iguales, y que sólo el trabajo y las capacidades son los que diferencian a una persona de otra. Las personas siguen pensando que no hay nadie por encima de ellas, que no deben arrodillarse ante nadie y quien pretenda cambiar este sistema se verá fuera de juego.

Y nos preguntamos, de los dos juegos, cuál jugarías, ¿el nuestro o el suyo?
¿Cuál construcción social es más justa, equitativa y democrática?
Y la pregunta que cae por su propio peso, ¿Se pueden combinar los dos juegos? ¿Y las dos visiones? ¿Y la construcción social y la mentalidad dominante, también, se podrían combinar?

Y se pregunta, también, sobre el futuro de la región del Magreb Árabe y el mundo árabe, y quién marcará el ritmo a quién?

Traducido: Haddamin Moulud Said

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